El impacto de la inflación es menor del que parece en las series del IPC - El efecto sustitución

4 de diciembre 1
Director de la Cartera Value de inBestia. Inversión en compañías cotizadas. Interesado en la historia del pensamiento económico y los ciclos... [+ info]
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Siguiendo el hilo de esta semana de Hugo Ferrer sobre la conservación del patrimonio y la gran amenaza de la inflación en las estrategias demasiado “conservadoras”, he recordado un tema muy poco comentado en los medios sobre las limitaciones de las series estadísticas para estimar la pérdida de poder adquisitivo que sufrimos a lo largo del tiempo.

Por un lado están los aspectos conocidos, la recogida de datos por parte de una agencia como el Instituto Nacional de Estadística tiene dificultades. Esta se realiza a través de la Encuesta de Presupuestos Familiares, donde se toma la muestra de datos para elaborar la serie del IPC. A partir de ahí, se calcula una cesta de consumo representativa de las familias, que no tiene por qué coincidir exactamente con la de cada uno. Si va andando al trabajo todos los días en vez de en coche, la cesta de consumo representativa para el IPC no le representa bien ya que tiene en cuenta un gasto en transporte/combustibles importante. Pero estas cuestiones pueden afectar de forma positiva o negativa, así que a lo largo del tiempo no tiene por qué haber un gran impacto.

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Otro problema adicional son los cambios en los patrones de consumo, ya que las decisiones de consumo van cambiando a lo largo del tiempo. Se trata de dar la ponderación adecuada a cada bien de consumo en el total del índice. Obviamente, el precio del pan o de la leche es más importante que el precio de los guantes de cocina. Esa ponderación puede ir cambiando a lo largo del tiempo a medida que los consumidores cambian sus hábitos de compra, quizás hoy compren menos cuadernos de papel y gasten más en dispositivos electrónicos. El INE trata de ir actualizando esta cesta de consumo en la medida de lo posible.

El problema de la representatividad era mayor en el pasado, ya que la cesta de consumo representativa se actualizaba con menos frecuencia. Desde el año 2001, y más aún recientemente, el INE realiza con mayor frecuencia los ajustes. Cada vez es mayor el esfuerzo por corregir esos cambios lo antes posible en la cesta de consumo para el cálculo del IPC. Esto parece una cuestión de recogida de datos y de medios, y no tanto un problema sin solución.

El mayor problema es conceptual. La idea es calcular la pérdida de poder adquisitivo provocado por los aumentos de precios. ¿Se logra este cálculo con el IPC? Estrictamente sí, entendiendo el poder adquisitivo como capacidad de compra de una cesta de bienes concreta. No hay que confundir este concepto con el de satisfacción personal o según se denomina en los manuales de economía neocĺasicos: la utilidad personal. En última instancia, lo que busca el consumidor es satisfacer unas necesidades, no obtener una serie de bienes. Los bienes son una forma de satisfacer esas necesidades, pero es posible satisfacer la misma necesidad de diferentes formas.

Con un ejemplo se puede ver mejor. Si yo tengo la necesidad de enviar un mensaje a un amigo, puedo optar por varias vías: enviar una carta escrita a su domicilio postal, enviar un SMS o escribirle a través de una plataforma digital de mensajería (Whatsapp, Telegram, Hangouts…). A lo mejor hasta puedo enviarle un fax. Hace más de una década que existen los servicios de mensajería gratuitos a través de Internet, y es evidente que aumentaron nuestro bienestar, ya que desde entonces podemos comunicarnos de forma más barata, sustituyendo antiguos canales de comunicación más caros por otros más baratos. El ahorro nos ha permitido comprar más bienes de otro tipo, que han aumentado nuestra satisfacción personal. Evidentemente, la metodología de cálculo del IPC no permite incorporar estos aspectos, ya que es imposible interpretar o calcular de forma precisa la satisfacción que un servicio aporta frente a otro similar. Sería como leernos la mente, lo cual es imposible. Lo máximo que puede hacer el IPC es incorporar a la cesta estos nuevos servicios, pero jamás tendrá en cuenta el aumento de la utilidad personal cuando cambiamos de un tipo de servicio a otro, aunque cubran necesidades similares.

Este es un caso particular del fenómeno conocido como efecto sustitución. A medida que cambian los precios relativos entre bienes y servicios, podemos cambiar nuestras decisiones de compra para adaptarnos mejor a la nueva situación. En el caso del cambio del mensaje de texto a un mensaje por Whatsapp el efecto sustitución es extremo, cubren exactamente las mismas necesidades. Escogeremos el más barato siempre que se pueda. Por definición, el índice de precios no puede recoger el aumento de la utilidad personal cuando cambiamos de un bien a otro más barato, porque no sabe nada de preferencias personales ni satisfacción personal. Lo máximo que puede hacer es ir ajustando la cesta representativa para que no se quede desfasada, pero el aumento del bienestar producido por el cambio de unos bienes a otros no es recogido jamás. Si el precio del papel crece y el del servicio de mensajería se mantiene en cero, el IPC registrará una subida. Sin embargo, nuestra satisfacción personal en cuanto a comunicaciones puede seguir aumentando a medida que vamos sustituyendo el papel por servicios de mensajería gratuitos.

Veamos otro tipo de ejemplo. Nos gusta la fruta para el postre, pero no tenemos una preferencia personal muy específica sobre si escoger manzanas, peras o melocotones. Supongamos que no hay una gran diferencia en precios entre las tres opciones, así que repartimos el consumo semanal a partes iguales entre las tres opciones. Sin embargo, de repente el precio de las manzanas se duplica. Si el consumidor es indiferente entre las tres opciones, empezará a reducir su consumo de manzanas y aumentar el de melocotones y peras, de forma que su bienestar prácticamente no ha variado. Sin embargo, el índice de precios registrará una subida importante en esta parte de la cesta, sin tener en cuenta la posibilidad de sustituir las opciones que más se han encarecido de forma casi instantánea.

Estas sustituciones mitigan en gran medida nuestra pérdida de bienestar personal, mientras que el IPC reaccionará tarde, quizás reduciendo la ponderación de las manzanas en la cesta de la compra más adelante. La idea se puede resumir en que las personas podemos ajustar con mayor rapidez nuestra cesta de la compra ante los nuevos precios, adaptándonos a las nuevas circunstancias y siempre en nuestro favor. Estas son cuestiones que no pueden recoger los índices de precios, porque no saben nada de nuestra satisfacción personal en relación a los bienes consumidos y las necesidades últimas que estos cubren.

A este problema hay que añadir otro que actúa en la misma dirección, aunque las agencias estadísticas intentan mitigarlo. Nos referimos al aumento de la calidad de los bienes producidos al mismo tiempo que aumentan sus precios. En principio, el índice de precios registraría una pérdida de poder adquisitivo (con los mismos euros se pueden comprar menos bienes), sin embargo, el nuevo bien incorpora nuevas funcionalidades o una mejora de la calidad. En el caso de un electrodoméstico, es posible que el nuevo lavavajillas dure más años o gaste menos electricidad, por lo que en términos de satisfacción personal quedaría más que compensado el aumento de precios. Las agencias estadísticas son conscientes de este fenómeno, así que intentan realizar los ajustes correspondientes. En cualquier caso, me parece complicado tener en cuenta y captar todas las mejoras que se van introduciendo en los bienes que compramos, en la electrónica hay buenos ejemplos de ello. ¿Es posible ajustar por la cantidad de servicios gratuitos e instantáneos que ofrece un smartphone? Este fenómeno actúa en la misma dirección del anterior, es decir, una vez más el IPC está sobreestimando la pérdida de bienestar personal.

A muy corto plazo, estos fenómenos pueden no tener un efecto muy significativo, ya que no hay cambios radicales en los precios relativos de un año a otro, salvo en el caso de malas cosechas o repuntes de precios de materias primas. A largo plazo, en cambio, sí pueden tener un impacto relevante. Si equiparamos el concepto de poder adquisitivo (capacidad de compra de una cesta concreta) al de satisfacción personal o bienestar estaríamos sobreestimando el impacto de la inflación en nuestras vidas. Desde que existe Google y Wikipedia creo que no he consultado una enciclopedia en papel y mi acceso a la información se ha multiplicado de forma espectacular. El índice de precios no puede registrar este aumento de bienestar, tan solo sigue la evolución de precios posterior de cada bien, que tiene su ponderación en el índice.

Pensemos ahora en los cálculos de rentabilidades reales a largo plazo, partiendo de los datos de inflación. Es una aproximación pragmática y la única posible con números precisos. Pero en la toma de decisiones final hay que tener en cuenta que la pérdida de bienestar a partir de la misma renta en euros es menor de lo que parece, siempre y cuando siga mejorando la tecnología. Cuando decimos “he perdido un tercio de mi renta en términos reales en los últimos 50 años” siguiendo los datos de inflación, probablemente estemos exagerando.

¿Qué significa todo esto? Que la supuesta pérdida de bienestar por el impacto de la inflación está ligeramente exagerado, algo importante a tener en cuenta ya que muchas rentas se actualizan a partir de los datos del IPC (pensiones, algunos sueldos, etc). También hay que anotar que por el lado del consumidor uno puede mejorar mucho tomando mejores decisiones de compra y realizando sustituciones cuando sea necesario. Desde este punto de vista, la vida ha mejorado más de lo que parece.

El IPC y los cálculos de tasas de inflación son útiles para ver la evolución a varios años vista, pero empiezan a contener errores importantes en las series de largo plazo, y la mayoría de ellos en la misma dirección (sesgo). Así, si la tasa de inflación pasa de un 1,5% a un 3% en un solo año, podemos afirmar que el deterioro de nuestro bienestar personal es mayor en el segundo año. Pero realizar cálculos de 20 o 30 años y hablar de bienestar requiere tener en cuenta los fenómenos anteriores.

Mientras elaboraba este artículo, Ángel Martín Oro ha aportado algunos contenidos interesantes, entre los que destaco este artículo que describe muchos problemas y sesgos de los índices de precios, llegando incluso a estimar el impacto con datos concretos:

Measuring Inflation Accurately - The Heritage Foundation

Cartera Value: Si está interesado en el análisis de compañías desde una perspectiva de largo plazo, no dude en visitar la página de información de la Cartera Value.

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Este artículo tiene 1 comentario
Totalmente, muy buen artículo. El IPC es una aproximación.

Dicho esto, dando un salto al tema, la realidad puede ir a mejor de forma "objetiva" con una inflación mínima o a la baja, como ha ocurrido durante los ultimos 35 años y la tecnología ir a mejor como ha ocurrido durante los ultimos 35 años...y sin embargo haber descontento social.

Está claro que una crisis trae descontento social, pero tengo la idea de que la gente, sea expansión o recesión, está más feliz si es engañada por una inflación creciente. Primero es más fácil devolver deuda y segundo tener la sensación de tener aumentos incrementa la sensación de bienestar incluso si en términos reales está igual o algo peor.

Me gustaría leer cosas sobre este punto, si tienes alguno..
05/12/2017 11:35
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