Las ovejas van juntas al matadero

26 de septiembre, 2011 1
Profesor del Experto de Bolsa de la Universidad de Alicante, docente del Máster de Economía Bancaria de la Universidad de Sevilla, autor libro... [+ info]
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4º en inB
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Cuando somos niños, nos percatamos que leer el periódico es de personas mayores. Ahí se dicen muchas cosas serias. Tantas letras, tanta opinión bien formada y tantos artículos sobre cosas tan serias, sin duda, es un área reservada para el mundo de los adultos. No, es más, para el mundo de las personas serias y con cosas importantes que pensar  y hacer. 

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(Un tío importante leyendo el periódico)


Durante muchos años leí el periódico cada día. Me lo leía de principio a fin. Creo que pocas personas más en este país, se leerían absolutamente el periódico completo letra a letra. Se suponía que todo era importante y que todo me afectaba. Pero a medida que pasaban los años, lo único que acabé leyendo fue la columna de Umbral. Era lo que mejor me informaba. Su síntesis era suficiente. 


Fue necesario leer tanto tiempo el periódico de manera tan completa para llegar a la conclusión de que el periódico no dice nada. Por supuesto, hay mucha gente que sabe esto, pero yo soy más tonto y tardé tiempo. Lo único que importa de la información es su síntesis y eso puede ser contado en dos palabras como hacía el viejo Umbral. Es más, la información que todos saben no tiene valor. Pero esto lo aprendería más tarde. 

Cuando llevaba años sin darle credibilidad a los periódicos entonces me volví escéptico. El escepticismo es un estado necesario para la comprensión de las cosas. Cuando uno no proyecta nada y duda de todo, entonces las cosas verdaderas empiezan a reverlarsele. Un escéptico es lo contrario a la persona llena de ideas e ideologías, esas personas siempre con una respuesta para todas las cosas. Por ejemplo los políticos. 

Ese escepticismo me liberó de proyectar mi ideología sobre todas las cosas. Y cuando esto ocurre, cuando uno cambia el foco, la luz indice sobre los objetos y los conceptos de otra manera. Así, empecé a percibir el mundo de otra forma y con el tiempo a construir una teoría vital que puede llamarse La Teoría de la Paradoja.

Ya desde hacía mucho tiempo sospechaba que muchas de las cosas eran en realidad lo contrario de lo que aparentaban ser. ¿Cómo es posible que continuamente lo que parece ser es su contrario? Eso me fascinaba y me fascina.

Un artículo de Nietzche llamado "Sobre verdad y mentira en sentido extramoral" me puso sobre la pista. Aquí adjunto los tres primeros párrafos:

"En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero, si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo. Nada hay en la naturaleza, por despreciable e insignificante que sea, que, al más pequeño soplo de aquel poder del conocimiento, no se infle inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuerda quiere tener su admirador, el más soberbio de los hombres, el filósofo, está completamente convencido de que, desde todas partes, los ojos del universo tienen telescópicamente puesta su mirada en sus obras y pensamientos.

Es digno de nota que sea el intelecto quien así obre, él que, sin embargo, sólo ha sido añadido precisamente como un recurso de los seres más infelices, delicados y efímeros, para conservarlos un minuto en la existencia, de la cual, por el contrario, sin ese aditamento tendrían toda clase de motivos para huir tan rápidamente como el hijo de Lessing. Ese orgullo, ligado al conocimiento y a la sensación, niebla cegadora colocada sobre los ojos y los sentidos de los hombres, los hace engañarse sobre el valor de la existencia, puesto que aquél proporciona la más aduladora valoración sobre el conocimiento mismo. Su efecto más general es el engaño —pero también los efectos más particulares llevan consigo algo del mismo carácter—.

El intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que éste es el medio, merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos, como aquellos a quienes les ha sido negado servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos, o de la afilada dentadura del animal de rapiña. En los hombres alcanza su punto culminante este arte de fingir; aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la escenificación ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad. Se encuentran profundamente sumergidos en ilusiones y ensueños; su mirada se limita a deslizarse sobre la superficie de las cosas y percibe “formas”, su sensación no conduce en ningún caso a la verdad, sino que se contenta con recibir estímulos, como si jugase a tantear el dorso de las cosas. Además, durante toda una vida, el hombre se deja engañar por la noche en el sueño, sin que su sentido moral haya tratado nunca de impedirlo, mientras que parece que ha habido hombres que, a fuerza de voluntad, han conseguido eliminar los ronquidos. En realidad, ¿qué sabe el hombre de sí mismo? ¿Sería capaz de percibirse a sí mismo, aunque sólo fuese por una vez, como si estuviese tendido en una vitrina iluminada? ¿Acaso no le oculta la naturaleza la mayor parte de las cosas, incluso su propio cuerpo, de modo que, al margen de las circunvoluciones de sus intestinos, del rápido flujo de su circulación sanguínea, de las complejas vibraciones de sus fibras, quede desterrado y enredado en una conciencia soberbia e ilusa? Ella ha tirado la llave, y ¡ay de la funesta curiosidad que pudiese mirar fuera a través de una hendidura del cuarto de la conciencia y vislumbrase entonces que el hombre descansa sobre la crueldad, la codicia, la insaciabilidad, el asesinato, en la indiferencia de su ignorancia y, por así decirlo, pendiente en sus sueños del lomo de un tigre! ¿De dónde procede en el mundo entero, en esta constelación, el impulso hacia la verdad? 

En un estado natural de las cosas, el individuo, en la medida en que se quiere mantener frente a los demás individuos, utiliza el intelecto y la mayor parte de las veces solamente para fingir, pero, puesto que el hombre, tanto por la necesidad como por hastío, desea existir en sociedad y gregariamente, precisa de un tratado de paz y, de acuerdo con este, procura que, al menos, desaparezca de su mundo el más grande bellum omnium contra omnes. Este tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer paso para la consecución de ese misterioso impulso hacia la verdad. En este mismo momento se fija lo que a partir de entonces ha de ser “verdad”, es decir, se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira. El mentiroso utiliza las designaciones válidas, las palabras, para hacer aparecer lo irreal como real; dice, por ejemplo, “soy rico” cuando la designación correcta para su estado sería justamente “pobre”. Abusa de las convenciones consolidadas haciendo cambios discrecionales, cuando no invirtiendo los nombres. Si hace esto de manera interesada y que además ocasione perjuicios, la sociedad no confiará ya más en él y, por este motivo, lo expulsará de su seno. Por eso los hombres no huyen tanto de ser engañados como de ser perjudicados mediante el engaño; en este estadio tampoco detestan en rigor el embuste, sino las consecuencias perniciosas, hostiles, de ciertas clases de embustes. El hombre nada más que desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos. Y, además, ¿qué sucede con esas convenciones del lenguaje? ¿Son quizá productos del conocimiento, del sentido de la verdad? ¿Concuerdan las designaciones y las cosas? ¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades? "
Ahí estaba. El intelecto es al hombre lo que el cuerno a la bestia. Y el intelecto utiliza sistemáticamente estrategemas para hacer sobrevivir al hombre. El cuerno de la bestia se rige por las normas del mundo físico. Si el cuerno encuentra carne rompe la carne. Ya está, no hay más. Pero el intelecto vive en el mundo de las ideas. Si uno observa los procesos de su pensamiento se dará cuenta que todo se resume en la búsqueda de la verdad y en el desciframiento de la mentira.Y asi, continuamente nuestro cerebro está lleno de preguntas como estas: "¿Será verdad que le gusto a esta mujer?, ¿será verdad que puedo hacer eso?, ¿realmente es así como me lo está contando?, ¿es verdad que haciendo esto consigo eso o es mentira?. ¿me estará engañando?, ¿estoy interpretando bien las cosas?".

Nuestro proceso mental es una continua tensión entre la verdad y la mentira. Nuestro pequeño mundo es una constante dialéctica entre ambos polos. Al final, hallar la verdad o la mentira es un objetivo muy complejo si no imposible. Como dice Nietzche, no podemos ponernos a nosotros mismos en una vitrina y observarnos objetivamente ya que vivimos dentro de nuestro cuerpo. No solo tenemos que hallar la verdad y la mentira si no que además hacer esta búsqueda cuidandonos de las propias trampas que nos tiende nuestro cerebro. Una tarea difícil o imposible. Por eso, al final, la verdad o la mentira es lo que convencionalmente la mayoría acepta como verdad o mentira, con independencia de que la realidad sea otra. La verdad o la mentira ya no responden a definiciones objetivas, si no a las convenciones sociales, a lo aceptado. Y una mentira puede convivir perfectamente mientras no cause un gran perjuicio.

Un ejemplo financiero es el caso Madoff. Todo los inversores institucionales que invertían en su hedge fund, sabían que aplicando la estrategia que decía utilizar, era imposible obtener un retorno anual del 10% con una volatilidad prácticamente nula. Lo sabían, pero pensaban que lo que en realidad hacía Madoff, era aprovecharse de la información privilegiada para obtener cuantiosos beneficios. Como Madoff había sido uno de los cabecillas creadores del Nasdaq, se le presuponía posición suficiente para obtener estos ilegales privilegios. Y mientras esto fuera así, mientras esta mentira no perjudicara a nadie e incluso les beneficiara, nadie levantaría su dedo acusador.

Pero cuando se descubre que esa mentira era una mentira dañina y en perjuicio de la sociedad, Madoff se convierte en el villano número 1 y nadie quiere dejarse ver con él (si pudiera). ¿Acaso anteriormente no era un villano cuando todo el mundo sospechaba que utilizaba información privilegiada? Ja! Las convenciones de la sociedad. Y esto es un caso extremo. Lo cierto es que la verdad y la mentira fluyen constantemente por nuestra vida y toda nuestra vida se puede explicar cmo una constante lucha entre ambas.

La mitad del tiempo que estamos hablando, nos estamos justificando. Uno se justifica cuando cree que le han pillado en una mentira o que su mentira es vulnerable. Por eso, si escuchamos atentamente de lo que habla una persona y tenemos interiorizado que el ser humano vive en la constante tensión verdad-mentira, uno puede empezar a aplicar la Teoría de la Paradoja para así comprender mejor la verdad. El refrán ya dice todo esto con absoluta claridad: "dime de lo que presumes y te diré de lo que careces". ¿Puede haber mayor verdad?. 

Este campo es muy extenso y muy complejo y podríamos pasarnos horas dando ejemplos y matices. Pero yo solo quiero mantener la Teoría de la Paradoja dentro del ámbito financiero que es el que más nos interesa. Decía Gordon Gekko, el admirado malo malísimo de la película Wall Street, la siguiente frase:
" Ever wonder why fund managers can't beat the S&P 500? 'Cause they're sheep, and sheep get slaughtered. "
(¿Alguna vez te preguntaste por que los gestores no superan el retorno del SP500? Por que son ovejas, y las ovejas van al matadero)
Los gestores no superan al índice S&P 500 (nadie en España supera al Ibex excepto Bestinver, que aplica la inversión contraria desde el punto de vista value investing) por que no están dispuestos a salirse de la mentira convencional aceptadas por todos los gestores. ¿Cuál es la mentira? La mentira es considerar que un buen resultado anual es superar al índice S&P 500 por X puntos básicos. Así, si el S&P500 cae un 50% y un gestor pierde en ese año un 47%, dirá que ha sido un año excelente. Es excelente por que ha superado al mercado. No obstante, lo cierto es que la verdad se pervierte por la mentira sin el menor sonrojo. Una pérdida horrible se convierte, por la magia de lo aceptado convencionalmente  y por la magia de llamar blanco a lo negro, en algo excelente. Los gestores tienen miedo a salirse de la manada. No intentan otras vias por que al clavo que se sale se le da un martillazo. El fracaso convencional es bien aceptado. El triunfo individual es vituperado. Y las ovejas van juntas al matadero. 

Los analistas, cuando el mercado cae un 35%, se vuelven todos bajistas. Nadie está dispuesto a llevar la contraria. No quieren ser penalizados por parecer los raros o los negadores de la realidad. Todos quieren mantener su estima de tipos serios. No quieren decir "oye, yo lo veo muy alcista" por que el público les empezará a tirar piedras diciéndoles que se pongan gafas para ver la realidad. Al clavo que se sale, se le da un martillazo. Los aparentes hechos presentes se convierten en verdad sagrada y quien ose desafiarla queda relegado al ostracismo. Y asi, por el miedo al que dirán y a no vender sus servicios, el analista se repliega y mantiene constantemente una posición ambigua. Equivocarse convencionalmente te permite enmascarar tus errores como los errores de un grupo y salvaguardar tu estima. Nadie te puede echar la culpa por que la culpa es de todos. 

El periódico o revista quiere vendernos noticias con apariencia de verdad. Pero la verdad no es lo que el periódico tiene en mente. Lo único que le importa es la tirada o el número de clicks. ¿Qué más da la verdad o la mentira? Si es la verdad lo que genera clicks, entonces contaremos la verdad. Si es la mentira lo que hace clicks, entonces contaremos mentiras. De esta manera, el periódico no es fuente de noticias, sino un lago de agua estanca que refleja las preocupaciones e intereses de las masas. Si  las masas están eufóricas, las noticias serán buenas. Si las masas están pesimistas las noticias serán malas. Un periódico es solo la cristalización diaria  de las mentiras mejor aceptadas. 

De esta manera, a finales de febrero El Confidencial nos informaba de que "El petróleo estaba al rojo vivo" y que podía llegar a 200 dólares el barril. 

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¿Ocurrió? Por supuesto que no. Como casi nada de lo que las masas opinan y como casi nada de lo que los periódicos recogen. Ahora, hoy, la situación es la contraria, el petróleo, según el Confidencial, está ante un "crash energético":

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¿Ocurrirá? Yo eso se lo dejo a ustedes juzgar. También el Confidencial nos viene hoy con lo que hay recesión segura en 2012.

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Ocurrirá? Los periódicos son muy serios, de gente importante y adulta ¿no? Los economistas son gente que siempre aciertan ¿no? Son gente seria e importante, nadie duda de ello. Nosotros no somos nada y ellos son economistas jefes de importantes y serias instituciones. ¿cómo van a equivocarse? ¿cómo vamos a contradecirles?.

Oye, pero ¿en 2007 que decían? ¡uh oh! espera que tengo un relámpago en mi cabeza ¡uh oh! ¿cuantos decian que iba a haber recesión? ¡uh oh! ¿Casi ninguno? ¿No será que adolecen del mismo defecto que los gestores, los analistas y los periódicos? ¿Son también ovejas que prefieren equivocarse convencionalmente y acertar convencionalmente y por eso van juntas al matadero?

Eso se lo dejo a usted juzgar. Yo lo tengo claro.

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