Segunda y última parte. De cómo el pavito, cuando tenía 3 o 4 años, hizo justicia divina y por poco pierde su oreja y su brazo derecho

9 de junio 0

La primera parte está aquí:https://inbestia.com/analisis/....

Hay una página web, donde pegas un texto, le das play y te lee el texto, de forma que lo puedes escuchar como si fuera la radio, ¡como mola!.

Eso que acabo de mencionar está aquí:https://ttsreader.com/es/

.

Continúo con el cuento….

Tras gritarme, la señorita se acercó a mí a toda velocidad y me agarró de la oreja derecha.

Me sacó de la habitación sin soltarme la orejita, y lo hizo con tanto ímpetu, que para no perder el  equilibrio me tuve que agarrar del brazo de la señorita.

Por poco me quedo sin oreja.

No recuerdo que paso durante las horas que faltaban hasta que Mami vino a recogerme, pero si que recuerdo muy bien,  lo que sucedió cuando ella hizo acto de aparición.

En esta escena, estoy en el porche de ese chalet que hacía de guardería.

A mi izquierda, una de las señoritas, delante de mí está Mami, tapándome la vista del pequeño jardín y del camino  de tierra de 6 o 7 metros que lleva hasta la puerta metálica del exterior, tras la cual está la calle.

Estoy mirándome mis zapatitos de niño pequeño,  porque no aguanto las miradas furibundas qué me lanza Mami.

La señorita está hablando con Mami, a mí, la conversación me suena así:

  • Bla, bli, blu, blo. Ble,ble,ble, bla, blu, bli…..

En un momento dado, siento la necesidad de esconderme en algún sitio para escapar de las miradas de Mami.

Me parece que el mejor sitio es colocarme detrás de la señorita.

Y allí me coloco.

Ya estoy escondido.

Por seguridad me agarro de la falda de la señorita con mis dos manitas.

Ella se da cuenta de mi maniobra, tal vez, porque di un pequeño tirón de su falda sin querer.

Sin dejar de hablar con Mami, extendió su mano izquierda hacia atrás y al principio con cierta delicadeza y más tarde con más firmeza que delicadeza, me aplastó la carita hacia la derecha,  espachurrándomela toda hasta que, ¡uf!, tuve que soltarme de su falda y colocarme en el único sitio donde por lo visto podía estar, a su derecha, ante la mirada implacabe de Mami.

Cuando la señorita dejó su Bla,bli, blu,  Mami me cogió de la mano , sin decirme ni una palabra.

Todo era más o menos normal mientras recorríamos el camino de tierra que llevaba a la puerta  metálica que daba a  la calle, pero cuando llegamos a la calle y giramos a la derecha, de manera que ya no estábamos a la vista de la señorita, Mami, me empezó a gritar, mientras me daba tirones del brazo derecho, hasta el punto que pensé que me iba a quedar sin brazo.

Menudo día más loco que estaba viviendo.

Recuerdo las caras de la gente que pasaba por la calle, la mayoría me miraban con muy  mala cara.

A mí, el espectáculo de Mami me empezó a dar bastante vergüenza.

Pasados unos minutos se calmó, dejó de darme tirones del bracito y dejó de chillarme a lo loco.

Me miró con severidad y sentenció:

-Te quedarás sin cenar.

Yo, que sólo levantaba unos palmos del suelo, la miré desde allí abajo con la cara arrugadita.

Nunca en mi corta vida, había conocido un día sin cena, aquello, me pareció terrible.

Ahora estamos en un supermercado de los de la época.

Estoy  delante de  un objeto triangular en el que había varias cosas tipo bollycaos.

Mami, está como a tres metros delante de mí, enfrente de ella el carnicero, al que le ha pedido no se qué.

En el momento en el que el carnicero se da la vuelta un momento para coger no se qué,  algo dentro de mí, me impulsó a alargar mi manita y coger una de esas cosas que era tipo bollycao y que estaban envueltas en plástico fino y transparente.

Ni siquiera tuve la precaución de mirar a los lados, supongo que me fié de mis instintos.

No recuerdo donde me lo escondí. Pero me lo escondí.

Cuando llegamos a la caja, la cajera quería entregarme un caramelo.

Unas calorías muy valiosas para mí en ese momento, ya que había sido sentenciado a quedarme sin cena.

Pero Mami se opuso, le dijo algo de mí, y me quedé sin el caramelo.

Al principio se me arrugó un poco la carita, pero de pronto me acordé de lo que me había guardado, y la carita se me volvió a iluminar.

Ahora estamos en casa, Mami, además de ser muy aficionada  a llevarme  a  dar muchas vueltas por ciudades y pueblos diferentes en autobús, también era muy aficionada a cambiar cada cierto tiempo de vivienda.

En ese momento, en la ciudad que estábamos vivíamos en un quinto piso, y este quinto piso era una mejora notable frente a la anterior vivienda.

Basta con decir que Mami, llamaba a la anterior vivienda, la casita de los ratones, y eso era así porque había ratoncitos  que nos daban sustitos a mí y a Mami, sobre todo a Mami, a mí los ratones no me parecían para tanto.

Este quinto piso tenía incluso ascensor, yo no sabía ni lo que era eso hasta que nos fuimos a vivir a este quinto piso.

Al llegar a casita, Mami se fue con la compra a la cocina y empezó a sacar cosas de la bolsa.

Yo me fui rápidamente a mi habitación y escondí, en el armario empotrado lo que había robado en el supermercado.

Tras realizar esta maniobra,  me fui a la cocina.

Mami había sacado ya, casi todo lo que había en la bolsa.

Yo me puse a mirarla abriendo mucho los ojos y con las manos en la espalda, como esperando algo, esperando un cambio de opinión.

Pero Mami era inflexible, cuando decía una cosa, era eso y no podías discutir nada de nada.

Me miró y me dijo:

-Ya te he dicho que esta noche no cenas, vete a tú habitación.

Intenté negociar, pero no pude negociar un pito.

La negociación se cortó de raíz con uno de los famosos gritos de Mami.

Me fui corriendo a mi habitación.

Entonces esperé.

Creo que fue entonces cuando descubrí varias cosas:

Era bueno esperando.

La gente mayor no atendía a razones ni a explicaciones, y por tanto sus opiniones podían ser erróneas o muy erróneas.

Aunque yo no conocía el concepto de justicia, sabía que había hecho algo bien, por mucho que según las señoritas  y  Mami, yo me había portado muy mal  y se acabó.

Continúe esperando unos minutos más y entonces escuché el ruido que hacía la puerta de la cocina al cerrarse.

En aquella época no existían o si existían, en mi casa no se conocían los extractores de humo de la cocina.

Por ese motivo, Mami, para que no pasaran olores a otras zonas de la casa, cuando hacía la comida, abría una ventana y cerraba la puerta.

Acababa de cerrarla, así que era el momento de comer lo que había cogido del supermercado.

Me comí, lo que ahora consideraría una porquería, pero entonces me supo a gloria.

Cuando terminé,  abrí la ventana de mi habitación,  de puntillas porque no alcanzaba bien, y tiré el plástico por la ventana.

Seguramente ese plástico, a día de hoy, se habrá partido en millones de micro plásticos  sólo visibles con un buen microscopio, y habrá pasado por miles de estómagos de todo tipo de seres vivos.

Hemos llegado al:    FIN

 

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