Primera parte. De cómo el pavito, cuando tenía 3 o 4 años, hizo justicia divina y por poco pierde su oreja y brazo derecho

8 de junio 0

El cerebro es tu única herramienta.

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Esto fue en la guardería, sólo recuerdo tres cosas de esa época, una la de los garbanzos y el golpe en la cabeza, de la que hablé hace ya tiempo, aquí, al final de todo o por ahí: https://inbestia.com/analisis/...

Otra fue, cuando una de las señoritas me cogió un ratito en brazos,  ¡como molaba que te cogiera en brazos una de las señoritas!, y cuando, tras un rato, me depositó en el suelo, uno de los niños, se me acercó con mala cara y me pegó un mordisco en la narizota.

Según la señorita estaba celoso, pero yo, ahora, diría que eso de morder a los demás en la guardería es una característica de los niños psicópatas.

No recuerdo que reaccionara frente al mordisco, creo que simplemente me quedé sorprendido por el ataque.

En el colegio me encontré con otro psicópata, a lo mejor era el mismo, que a los seis años, me dijo que mi mami le había dado el recado de que me tenía que bajar en aquella parada, y yo me lo creí.

Menos mal, que la parada de siempre no estaba muy lejos y a mami le dio por moverse, porque si no me podría haber pasado cualquier cosa.

A los 8 años, escondido en un sitio, vi pasar al niño psicópata con un amiguete que acudía a su cumpleaños, y yo, que entonces ya tenía bastante práctica con un tirachinas,  y que no olvidaba nada, igual que hoy en día, le dejé una orejita marcada por una piedrita.

Volviendo al tema de la guardería, que es el cuento de hoy,  la otra cosa que recuerdo, es la que voy a relatar a continuación.

Tengo que  darle al botón de retroceder en el tiempo, nos vamos a finales de los años 70.

Estamos en un chalet que hace de guardería.

Mami me deja allí aparcado sobre las 10 de la mañana.

No vuelve a recogerme hasta las 6 o 7 de la tarde.

Pertenezco a una minoría que se pasaba todo el santo día en la guardería, y por eso tengo que comer allí entre otras cosas.

Allí estoy, soy uno más de un pequeño grupo de tal vez 10 pavitos y pavitas.

Hay mucha igualdad, todos llevamos unos mandilones de la época, con cuadros azul celeste.

En este momento estoy subiendo las escaleras, al igual que el resto de mis compis de fatiguillas.

Delante de todos, está una de las señoritas, que nos ha indicado que es hora de subir a la planta de arriba para hacer la bendita siesta obligatoria.

Somos todos más o menos obedientes y más o menos dóciles.

Somos todos más o menos manejables.

En estos momentos ya he llegado arriba y asisto a una rutina que ya he visto varias veces.

La señorita despliega una decena de esterillas por el suelo de una habitación.

Mientras entramos y nos tumbamos en las esterillas, ella corre las cortinas, nos dice que a dormir,  y se va, cerrando la puerta.

No sé si en las anteriores siestas forzosas me terminé durmiendo o no, tampoco sé, si dormí algo en las siestas de los días, semanas y meses siguientes, lo único que sé, es que en esta siesta estaba bien despierto.

Tan despierto, que después de un par de vueltas hacia un lado y hacia otro, llevado por un impulso, propio de un niño pequeño que todavía tiene el cerebro my poco cocido y todavía está por ver que pase el período de aprendizaje, opté por levantarme.

La oscuridad no era completa, se podía ver algo, yo entonces no tenía los ojos alelados, no veía borroso ni de lejos ni de cerca, ni nada de nada.

Pude distinguir perfectamente los cuerpecitos de mis compañeras y compañeros, los fui esquivando con cuidadín y me acerqué a la puerta.

Recuerdo que al abrirla, durante unos segundos me deslumbró la luz del exterior, parpadeé un pocucho y salí de la habitación, cerrando la puerta con mucho cuidadín.

Allí estoy yo, en un pequeño pasillo.

Me llega el olor a café de las dos señoritas, que debía de aprovechar nuestras siestas forzosas, para descansar de nosotros durante una hora o algo así.

En fin.

Me pongo a caminar, soy un niño pequeño, no me preguntes a donde voy, ni porque me he escapado de la siesta obligatoria, ¡todavía tengo el cerebro muy poco cocido!.

Debo de tener 3 o como mucho 4 años.

Avanzo unos metros, y de repente a mi izquierda una escena capta mi atención.

Una escena que cambiará ese día y quedará grabado en mi memoria para siempre.

Resulta que allí, había otra habitación, más pequeña que la de las siestas, llena de luz y con dos niños más pequeños que yo, tan pequeños como para estar en esa especie de caja que no se cómo se llama, esa en la que cuando todavía no caminas, te colocan ahí, y puedes jugar en el suelo o puedes ponerte de pie apoyando tus manos en la parte de arriba.

Pero no puedes escaparte.

Pues bien, ambas “cajitas, donde estaban metidos aquellos dos, estaban pegadas una a la otra.

En una estaba un niño y en la otra una niña.

Lo que yo vi, fue al niño dándole golpecitos en la cabecita a la niña de al lado.

Se habla mucho de educación, pero no se habla nada de genética.

LA genética no habla de igualdad, habla de desigualdad, y además resulta que es racista, por eso la genética es algo que se ignora por completo y así estamos como estamos en países como España, donde se les ha metido en la cabeza que con educación, puedes convertir a  un lobo en un cordero y a un cordero en una rata.

La genética es muy complicada porque los factores ambientales pueden encender determinados genes, que si no fuera por esos factores ambientales se mantendrían apagados.

En aquel momento algo de eso sucedió allí.

Algo se debió poner en marcha en el niño aquel, que seguramente fuera un psicópata, creo.

Y algo se puso en marcha  también en mí.

Sería más adecuado decir que algo nació en mí.

Algo que nadie necesita enseñarte, algo que permanecía oculto en tu a ADN, esperando tranquilamente a que sucediera algo que lo activara.

Al ver lo que sucedía, ese algo me impulsó a acercarme corriendo al niño, que vamos a llamar, “malvado”.

Me acerqué corriendo a ese malvado a toda la velocidad de mis pequeñas piernecitas de la época y le arreé un manporro en todo el coco.

Entonces me giré y la niña, que estaba allí en su cajita, de pie, cerca del malvado, agarrada a la parte de arriba, de repente, empieza a sonreír levemente.

Me quedé como hipnotizado.

Estaba de espaldas al malvado y continúe de espaldas a él mientras miraba a la niña.

Levante mi mano derecha y sin mirar hacia atrás, sólo miraba hacia la niña, ¡pumba!,le di un manotazo al malvado en alguna parte de su cara.

Entonces la niña, ensanchó más su sonrisa.

Yo seguía como hipnotizado, como atontado, como….hechizado, esa es la palabra adecuado, hechizado.

Volví a levantar mi mano todo poderosa y justiciera, y ¡plaf!, volví a ejecutar la misma maniobra.

Y así continuó la cosa, ella sonreía más y más, tras cada manotazo que yo daba  sin aparatar la vista de ella, podíamos haber seguido con esta extraña interacción de tres personas con el cerebro muy poco cocido, de no ser, porque llegó un momento en el que el malvado empezó a llorar a lo loco.

Si pudiera cambiar algo, en este momento, saldría corriendo de vuelta a la habitación de la siesta forzosa.

Pero claro, nadie puede, creo, cambiar nada del pasado.

Yo tenía 3 o 4 años, la cabecita no me daba mucho de sí.

A pesar de llanto que ya se había convertido en un berrinche bastante escandaloso,  yo a lo mío, ¡zasca!, la niña a lo suyo, sonriendo más  y más, y claro, terminó por ocurrir lo inevitable.

Apareció,  una de las señoritas.

No recuerdo exactamente lo que me gritó, a mí me sonó algo así como esto:

- ¡BLA! ¡BLI! ¡BLUUUUUU!

(Continuará....)

 

 

 

 

 

 

 

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